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@Mangoz53

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Manuel Gómez Naranjo. Con tecnología de Blogger.
lunes, 30 de enero de 2017

Ella tiene la obsesión de florecer
cada junio como una cayena roja y polvorienta
tiene la calma ausente
y la dulzura le discurre desde los pies a los pezones,
ella se entretiene debajo de su pelo
juntando amaneceres y horizontes
y luego llueve y se extiende fragante sobre el mundo.

Ella tiene la obsesión de florecer
cada junio como una lisonja para la gente triste
tiene los ojos limpios
y la vida le estalla en sus gestos amables,
ella se ocupa de inventar liturgias
de dioses olvidados y remotos
que sueñan con aldeas llenas de sol
y de alegrías.

Ella tiene la obsesión de florecer
cada junio como un optimismo reluciente
tiene manos gentiles
y el silencio le duele entre los labios,
ella es en sí misma una posibilidad y un invento
es un perfume que nace cada junio
es un espíritu de luz
que vive entre nosotros como
un augurio feliz.

Manuel
Junio/26/2001


viernes, 27 de enero de 2017


                                                  Gracias Cortazar...

Había –y si no fue así, debió existir- una Glúcida
que transitaba meandros cavernosos, debió ser además roja
con pretensiones de naturaleza y de sol.

La Glúcida, enemiga absoluta y gratuita de lo humano,
se entretenía en afanes porosos con su lanza de hidrógeno
que alguna vez será explosión y sangre
y luz azul y transparencias.

Esta Glúcida tenía también una historia tenebrosa
y oscura, en la que ella había cedido a ciertas humedades
y a ciertas exigencias de un Lípido elegante y volátil.
Se habló por ese entonces de redondeces y de llantos
infantiles, y luego de susurros y silencios; alguno propuso
hogueras y nuevas inquisiciones, en fin....

La Glúcida viste de negro se la asocia al Caronte
de Miguel Angel
en su bogar diabólico hacia el fuego eterno. Se decía que
cuando cierta mujer abría los ojos y soñaba (los ojos de la
mujer eran la luna de la Glúcida) se oían en aquel pequeño mundo
aullidos feroces y gritos helados.
Alguien dijo haber visto unos senos peludos, pero erectos
y vibrátiles, que se escurrían bajo una alfombra de pelo luminoso.

La Glúcida era prólogo de llantos, taumaturga de penumbras,
alquimista de infelicidades; todo esto dicho, desde luego, por
los oficiadores eternos de la palabra. 




Manuel Gómez Naranjo
Caracas, 12 de enero/87.


miércoles, 25 de enero de 2017
 En las paredes imposibles de un Tepuy del Amazonas había una hendidura irrelevante que guardaba secretos de voces antiguas. Tales secretos estaban registrados en arcilla con el código maravilloso de los ideogramas. En su discurso predominaban los pájaros y las serpientes.

Cuenta esa cosmogonía que existió una Diosa alada que tenía los ojos claros y una boca carnosa; cuando se la miraba de perfil prefiguraba los rostros estupendos de los griegos sorprendentes que llegaron a construir el Partenón y contaron historias de hombres que dialogaban mansamente con sus dioses.

La Diosa se hacía llamar Mauruy fonema emparentado con el quechua que literalmente significa “mujer aérea”, y es que, Mauruy utilizaba el vuelo como argumento de creación y belleza. De tal forma que cuando los bosques se incendiaban y el espanto amenazaba a los habitantes de la selva, ella volaba suavemente sobre las nubes y hacia llover sobre los campos inventando la calma y la certidumbre de los seres.

Mauruy guardaba sus palabras para la liturgia y de ordinario solo reía. Cuentan los ideogramas que volaba y reía, por ejemplo, en abril y las flores estallaban en colores magníficos. Volaba sobre los ríos tumultuosos y estos se llenaban de promesas de peces e inundaban la piel cuarteada de las sabanas sedientas. Y mientras tanto ella callaba, se sabía una divinidad falible que demasiadas veces claudicaba de emoción ante la fragilidad humana.

Cuenta la historia que en la “creación alrededor de la piedra” o liturgia, Mauruy hacía derramar todas las cascadas de la tierra sobre una enorme roca para emerger entre una llovizna de arco iris plena de desnudes y de pureza. Ella flotaba sobre el mundo y luego reposaba extendida sobre la roca; lloraba la Diosa, gemía en el enorme silencio de la selva, su olor de miel y flanboyan poblaba los sentidos de sus criaturas y una humedad maravillosa los preparaba para el amor. La selva se llenaba de silencio hasta que ella decía desde su sueño de divinidad: “Yo soy el cielo y la tierra, en mi luz habita la salvación y la eternidad. Yo soy el cuenco sagrado del que tomarán las almas la sabiduría de los Dioses”. Y la selva en silencio iniciaba una fiesta de polen y de semen que alcazaba el eterno futuro de renovar el mundo desde la plenitud del placer.

Y luego Mauruy dormía extenuada. Los pájaros retomaron el canto hasta el anochecer haciendo coro a la risa nocturna de la Diosa quien estaba florecida de felicidad.

Los exegetas refieren, que de no ser apócrifa esta historia sagrada, resultaría extremadamente importante ejercitarse en la templanza y la sobriedad, porque estaría demostrado que la coexistencia del silencio y la risa son una anunciación del espíritu alado de Mauruy, con lo que resultaría muy inapropiada una humedad incontinente en medio de las urbes pobladas de seres que han olvidado los gestos de la caricia y el beso apasionado. Ello demostraría también que la ciudad es menos apropiada para la cópula que los espacios abiertos y que el smog espanta el espíritu alado y selvático de Mauruy.

Otros sabios afirman que a pesar del paisaje geográfico trastrocado por el cemento, la Diosa del Tepuy nos espía desde las hojas lánguidas de los helechos, desde el ladrido educado de los perros domésticos, y pervive en el color de las Orquídeas que se asoman a la orilla de los caminos.  “El espíritu de Mauruy –dicen- es el absoluto, nos trasciende desde su eterna divinidad; así que hay que mirar muy bien donde suele la gente guardar la felicidad en este tiempo”.

En el mundo sencillo de los mortales, un hombre devoto de Mauruy mira una serpiente -por decir un absurdo- y tiene reminiscencias de la liturgia de la roca, se estremece sin saber por qué y siente una mágica alegría, se podría decir que lo invade una certidumbre de que en cualquier momento sentirá el abrazo de salvación y eternidad de la Diosa Mauruy.



Manuel.

28/05/01
martes, 24 de enero de 2017

Tendrás un día que salir
desnudo
saber de tus humores clandestinos
volver –quiero decir pertenecerte-
a los rituales zoomórficos.

Tendrás que reconocer al mono
en la caricia de tu hembra ¿que te cuesta?
En el miedo subrepticio a la noche ¿qué te cuesta?
En los antojos pedagógicos
de plátano y cambur ¿qué te cuesta?

Tendrás un día que desahogarte el cuello
¡estás sudando!
que ponerle un gran pájaro
a tu ceño
y otro ceño a tu luna
y a tu sombra
y otra luna a tu párpado anteojado.

Tendrás un día que deshacer los gestos
alfombrados
bruñir a cada rato la sonrisa
gruñir satisfacciones educadas
saltar como un conejo –si hay motivo-
y creer aún en Darwin
y en Santo Tomás.




Manuel Gómez Naranjo

Acarigua, 06 de abril/88.   
viernes, 20 de enero de 2017


Mujeres luminosas, mujeres que se proponen a la vida desde la convicción de que son el principio y el fin
mujeres esplendidas como la luna llena y El Ávila, como el Salto Ángel y el relámpago de El Catatumbo
nadas de racionalidad y de pasión; mujeres de azahar y de amaranto que flotan en las atmósferas y en las ensoñaciones de este mundo desarticulado y confuso. Mujeres que construyen desde los jirones vegetaciones húmedas que vibran como volcanes a punto de eructar; mujeres que son selvas de ternura y desiertos ominosos, luz y sombra, palabra y silencio. Mujeres que flotan en el reflujo de las olas del mar más antiguo como plumas livianas de aquellos pájaros que no han renunciado a la libertad.mujeres luchadoras impregnadas de racionalidad y de pasión
mujeres de azahar y de amaranto que flotan en las atmósferas y en las ensoñaciones de este mundo desarticulado y confuso.
Mujeres que construyen, desde los jirones, vegetaciones húmedas que vibran como volcanes a punto de eructar
mujeres que son selvas de ternura y desiertos ominosos, luz y sombra, palabra y silencio.
Mujeres que flotan en el reflujo de las olas del mar más antiguo, como plumas livianas, de aquellos pájaros que no han renunciado a la libertad.


Manuel Gómez






Declaro solemnemente que amo a esta mujer de sonrisa franca, que la extraño con urgencia bajo los aguaceros y sin el amparo de las estrellas; dejo constancia que ninguna de estas emociones me ha sido impuesta, ni conminado, ni han sido declaradas bajo coacción, sino que han sido manifestadas voluntariamente después de constatar que estoy rendido ante su fragancia de rosas, que esas emociones corresponden a mi extravío en los recovecos de su cocina y que he cometido el pecado de beber la poción sagrada que habita entre sus piernas; en función de lo cual propongo que se me declare sujeto a observación para determinar si mi estado de felicidad es genuino o es un producto de origen dudoso Made In Taiwán, con apariencia sólida cuando en realidad se extingue a los ocho meses. 
Pido que se incluya esta declaración en acta y que quede constancia para la causa, de tal manera que yo como procesado, como extraviado, como lujurioso, como forastero, como esclavo de memorias atávicas, como reflejo límbico y como pecador empecinado; tenga las garantías suficientes de que seré compensado con la mirada dispuesta y amorosa de la mujer que cada vez que mi alma transmigra ha sido la causa de mi perdición.


Manuel Gómez